“Relámpago”, “El Rayo”, “El Hombre más rápido del mundo” han sido algunos de los apodos que los medios han utilizado para referirse al mejor atleta de todos los tiempos y uno de los más grandes del deporte, Usain Bolt.

Después de 8 oros olímpicos y 11 mundiales decide retirarse, al terminar los mundiales de Londres 2017, y lo hace de la forma más cruel para un deportista, lesionado, caído en el “tartán”. Se marcha, y lo hace para siempre, pero nos deja marcas y récords para que no le olvidemos. En especial, su 9,58” en los 100m más cortos de la historia, algo que servidor piensa que no podrá ser superado. Fueron 9 segundo y 58 centésimas de silencio antes de la explosión de júbilo, porque eso es Bolt, alegría espectáculo a partes iguales. Viniéndome  a la cabeza la analogía con la “pieza” más importante de John Cage: 4’33”, un happening de silencio de la misma duración.

Es indudable que un atleta de tal magnitud ha corrido en las pistas de medio mundo, 13 años de carrera deportiva dan para mucho. Pero los grandes eventos a los que acude una estrella así se celebran siempre en majestuosos estadios, en los que “ir más allá” es la tendencia. Sin embargo, en Olot, un pequeño pueblo al norte de Gerona, existe una pista de atletismo en la que “se ha vuelto atrás”.

Los primeros juegos olímpicos se celebraban en Olimpia en homenaje a Zeus, celebrándose en la naturaleza, basados en la creencia de que la moral y el desarrollo intelectual se basan en la salud. RCR, recientes premio Priztker, recuperaron el origen de estas celebraciones situando el acto de correr en medio de la naturaleza. El lugar elegido fue el parque natural volcánico de Tussols-Basil a las afueras de Olot, una zona con tupidos bosques de robles, más concretamente en un claro que correspondía a dos antiguos campos de cultivo.

A pesar de que una masa vegetal quedaba en el centro, el espacio era suficiente para albergar una pista oficial de 400 metros y 6 carriles. La complicada situación generó un conflicto entre por un lado los ecologistas que luchaban contra la tala de árboles, y por otro, la Federación de Deportes que exigía que los jueces no tuvieran restricciones en las vistas para dar validez a las pruebas allí celebradas. RCR tuvo que hacer de mediador entre ambas partes y persiguió un proyecto en el que no tuvo que ser talado ningún árbol y los comisarios pueden controlar las salidas y llegadas.

El tupido bosque hace que se pueda percibir el espacio de la pista a pesar de no estas construido. ¿Cuál es el límite entre lo natural y lo artificial? Los espectadores lo tienen difícil para poder contestar.

El proyecto entra en una nueva dimensión, alejado de lo preestablecido en este tipo de eventos, los árboles son actores principales, juegan con el viento, cambian según la estación e incluso llenan la pista de bellotas.

La pista establece relación con el bosque contiguo, con el bosque a distancia y bosque alejado, y los árboles intermedios hacen de filtro opaco a translúcido. Por su parte, las rampas, muros y taludes formalizan el encuentro con el entorno.

La experiencia que supone esta pista no se limita a los atletas, el propio camino introduce a los espectadores a través de la vista, olfato, oído e incluso tacto a un escenario único. Una vez dentro, se ubican en pequeños bancales a modo de gradas, desde donde ver a los atletas aparecer y desaparecer, añadiendo suspense y diversión a la competición.

Incluso las luces, emergentes, cual vigías sobre los tupidos troncos, dialogan con ellos a la vez que establecen referencias en el espacio. Todo el proyecto destaca la belleza del paisaje.

Desde su finalización en 2001, un campo de fútbol, un pabellón de vestuarios y una puerta de acceso se han ido añadiendo al conjunto. El empleo del acero corten es el hilo conductor de toda la intervención.

Ahora me surge una última pregunta, ¿cuántos registros podrían pulverizarse en una pista tan especial como esta?