Ábrete, sésamo

En todo acto mágico ocurren pasos secuenciales como la atención, la ilusión y el asombro. Esto coincide con lo que ocurre en la obra de Perrault.

Como cada año del 5 al 13 de Mayo el espectáculo del tenis llegaba a Madrid con el Mutua Madrid Open. Sin faltar a la cita dentro del circuido desde 2009, el torneo ha cumplido en esta edición 10 años. Además, este año lo hacía con Rafa Nadal como máximo favorito para salir campeón y con la posibilidad de seguir aumentando su leyenda en casa y sobre una superficie como la tierra batida en la que ya pocos dudan que sea el mejor de la historia. Al final no pudo ser y la victoria fue para el joven alemán Alexander Zverev.

Pero además de todo el espectáculo deportivo que un acontecimiento como este supone, también ha sido una oportunidad para disfrutar de uno de los edificios deportivos únicos en el mundo, como es la Caja Mágica. Ubicado en unos terrenos abandonados en el Parque Lineal del Manzanares y concebido como hito e icono de la candidatura de Madrid para los Juegos Olímpicos. A priori no parece el mejor caldo de cultivo para un proyecto de estas magnitudes con los excesos forzados de esta época.

Por suerte, el elegido para llevar a cabo tan ambicioso proyecto fue el arquitecto francés Dominique Perrault, quien tuvo la escala, el contexto y el presupuesto para desarrollar su particular forma de hacer.

Pero seguro que llegados a este punto os habéis preguntado. ¿Por qué caja? y ¿Por qué mágica?

La respuesta a la primera parece sencilla, es evidente, un paralelepípedo perfecto. En formas rotundas, claras y simples en donde Perrault se encuentra más cómodo. Prácticamente convierte la arquitectura en un complejo ejercicio de encajar un programa dentro de un volumen platónico. Inevitablemente son proyectos rotundos, una caja de ciento cincuenta metros de largo por treinta de alto deja con la boca abierta. De lo contrario pueden parecer casi tontorrones.

Estos grandes volúmenes como mejor funcionan es dentro de una trama urbana que ha crecido de forma orgánica, por contraste, como hito, aportando centralidad y claridad dentro de un entorno desordenado y de caos. O eso es lo que debe pensar Perrault, porque así lo ha repetido en más de una ocasión.

Para esta ocasión, ha utilizado un gran volumen con una fachada que hace de velo tenue construida en malla de acero tensada que confiere al edificio un aspecto dinámico y cambiante: de día reflectante y opaco; de noche centelleante.

Y la segunda ya es más difícil de contestar, es de suponer que la llaman mágica porque pueden ocurrir infinidad de cosas en su interior, tres cubiertas móviles para albergar tres partidos simultáneos. Una caja mágica que se abre, se entreabre y se cierra. Como si de un truco de mago se tratase. En mi opinión, una magia algo aparatosa, para ser vista por televisión, al más puro estilo David Copperfield haciendo desaparecer la Estatua de la libertad.

En todo acto mágico ocurren pasos secuenciales como la atención, la ilusión y el asombro. Esto coincide con lo que ocurre en la obra de Perrault, un largo y vibrante recorrido a través  del puente pasarela que lo une con la ribera opuesta del río y que conforma el acceso al gran público, preparándolo para sorprenderlo con su gran obra.

Pero la diferencia fundamental entre ambas disciplinas es que así como el acto mágico es efímero, la arquitectura permanece, afianzándose en nuestra memoria, llegando a atormentar.

©David por CC

Perrault ha sabido ilusionar en una época en la que el hecho arquitectónico últimamente se excede en lo que ambas disciplinas tienen en común, cayendo en la sobreactuación y el exceso con tal de sorprender. La arquitectura debe ser un acto fundamentalmente urbano que debe alejarse del mago-arquitecto que busca destacarse. Es importante cuidar el delicado equilibrio entre la arquitectura que emociona y la magia que sorprende.

 

ABRACADABRA…

← Entrada anterior

Entrada siguiente →

1 Comment

  1. Lucía Camañes

    ¡Me ha encantado esta publicación!

Deja un comentario