Hasta el próximo 25 de febrero la sala 105 del museo Guggenheim de Bilbao acoge la exposición “82 retratos y un bodegón” de David Hockney.

En los años 90, la zona portuaria de Bilbao había dejado de ser la importante fuente de ingresos para la ciudad que un día fue, convirtiéndose en una zona muy degradada. Con la intención de revitalizarla se encargó el proyecto del nuevo museo Guggenheim al arquitecto californiano Frank Gehry, que supo entender a la perfección el lugar y sus necesidades.

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Tanto el edificio como el master plan que este encabezaba tuvieron un éxito tan rotundo que se acuño el término “Efecto Bilbao”, refiriéndose al fenómeno de transformación de una ciudad a través de la construcción de un gran equipamiento. Junto a la ría de Nervión, aquellas formas onduladas envueltas en titanio consiguieron representar a toda una ciudad. Pero no era un museo lo que Gehry presentó aquel 1997, sino un retrato. Un retrato de Bilbao, de su carácter industrial, de su relación con el mar. Un retrato de lo que la capital vasca había sido hasta la fecha, y de lo que quería ser.

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En el documental Abstract de Netflix el fotógrafo Platon, el cual ha retratado a las personas más influyentes de los últimos tiempos, hablaba de “tratar de capturar el alma” en su trabajo: “No pienso en hacer una buena fotografía, sino en qué puedo aprender de esta persona.” Conseguir expresar todas las aristas del retratado, mostrar el interior a través de la parte más visible de nuestro cuerpo. Y al igual que el arte del retrato, la arquitectura orgánica - de la cual Frank Gehry es uno de sus mayores exponentes contemporáneos – busca ir mucho más allá del aspecto funcional. "Revelar, como un organismo, el interior de la semilla" decía David Pearson, estableciendo uno de los principios de esta arquitectura, que parte de los principios del modernismo y los viste de emoción, de humanidad.

Hasta el próximo 25 de febrero la sala 105 del museo Guggenheim de Bilbao acoge la exposición “82 retratos y un bodegón” de David Hockney (Inglaterra, 1937). Protagonista del auge del arte pop, sus retratos en acrílico inspirados en los colores de California han colgado de las paredes del museo bilbaíno durante los últimos meses. Concebidos como una única obra (mismo fondo, forma y tamaño), en ellos aparecen Rufus Hale, Celia Birtwell o el propio Frank Gehry. El entorno más cercano del artista, como explica en el vídeo de la muestra:

 “Los famosos están hechos para la fotografía. Yo no hago famosos; la fotografía, sí. Mis amigos son mis famosos… Cada retrato –resultado de una intensa observación— se convierte en cierto modo en una exploración psicológica”.

Tras su última exposición en el Guggenheim (David Hockney: Una visión más amplia) en la que representaba los monumentales paisajes de Yorkshire, Hockney vuelve al edificio que mejor entiende la importancia de un retrato para ponerlo en valor.

Porque los retratos aspiran a ser el reflejo del alma de las personas. Muestran lo que son, o lo que se quiere ver en ellas, buscando a veces la promesa de un cambio más que ser testigo del pasado.

Sean en acrílico o en titanio.

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