A las afueras de Braga los amantes del fútbol tienen una visita ineludible, ya que pocas veces uno puede decir que ha visto un partido en medio de la montaña.  El estadio Municipal, donde juega sus partidos el Sporting de Braga, es posiblemente el más original y a su vez extravagante del mundo.

Fue construido para la celebración de la Eurocopa 2004, cuya sede fue el país luso. Fue uno de los estadios más caros de la cita, teniendo un coste final de 83 millones, algo que le ganó detractores. Pero viendo las cifra record que ha supuesto el reciente fichaje de Neymar en aras del espectáculo, no parece tan descabellado plantear un telón de fondo que eleve al fútbol a la categoría de arte.

La forma de este estadio, condicionada por su implantación en el terreno, sustituye las formas tradicionales de “olla” o “bombonera” en la que se acerca al hincha al espectáculo para crear un ambiente con una alta carga emotiva, por un escenario rotundo en el que celebrar el espectáculo mediático que supone el fútbol moderno.

Su privilegiada ubicación en el Monte Castro, en una antigua cantera, supone la recuperación de una zona marginal y foco para el crecimiento de la ciudad. Además, supone uno de los primeros ejemplos en la recuperación de estas zonas de canteras en desuso características de esta zona de Portugal. No es de extrañar que los sobrenombres utilizados por los portugueses sean el de la “Roca” o “da Pedreira”.

Es una de las zonas más altas, situándose el estadio cuarenta metros sobre el nivel del núcleo urbano, desde el que se domina la ciudad de Braga.

Desvanecer los límites entre la arquitectura y su entorno, ha sido en este caso una prioridad, formando un todo con el paisaje, construyendo una realidad y una naturalidad.

El estadio establece una relación cóncavo/convexo entre el graderío y la roca, surgiendo entre ellos vacíos construidos, manteniendo la tensión al nunca tocarse. Apoyando toda esta intervención en la creación de un punto de referencia en el paisaje y un polo atractor.

Al tener únicamente graderíos en los laterales del terreno de juego, abre mucho más el estadio hacia el exterior, permitiendo visuales directas con el paisaje. Así, como una mayor entrada de luz natural, fundamental para el cuidado de la hierba.

Por un lado, en la parte trasera, de fondo están las paredes de piedra y por el otro, un espacio abierto con una increíble vista panorámica sobre Braga.

Los graderíos laterales se techan con sendas cubiertas que se unen a través de cables de acero, y todo ello conforma la cubierta del campo. Las dos cubiertas están rematadas por canales de evacuación que recogen las aguas y las vierten de forma escultórica sobre el acantilado. La imagen del conjunto es escultórica, recordando a los antiguos puentes incas.

Se genera un conflicto visual entre la rotundidad de la geometría y las formas con las paredes informes y naturales que lo rodean. La tensión la genera la cubierta tensada, capaz de enmarcar la naturaleza cambiante del entorno. Del mismo modo, el terreno de juego plano, artificioso y rectangular evidencia los dos laterales abiertos como espacios abiertos y naturales.

Las circulaciones transversales en el interior se resuelven con perforaciones circulares en las majestuosas pantallas que soportan las tribunas y a su vez, las escaleras intercaladas con un marcado carácter escultórico. A través de la iluminación nocturna, estas últimas llegan a parecer una intervención de papiroflexia.

Este proyecto, supuso grandes premios y reconocimiento para su autor, el arquitecto Eduardo Souto de Moura, por la innovación en el planteamiento y en las formas, así como por su carga simbólica.

Anecdóticamente, para destacar la ausencia de fondos, el marcador se encuentra instalado sobre la propia montaña. Y esta situación hace plantearse una pregunta, ¿cuántos balones se perderán durante los partidos?