El árbitro hace sonar el silbato, es la hora. Todo está listo, las canastas colgadas a su altura, la pista perfectamente iluminada por la transparencia de los muros, el parquet reluciente.

Son las 9:00, suena el despertador, pero yo ya estaba despierto, los nervios no me dejaban dormir. Salgo de la cama deprisa, me pongo las zapatillas y voy a la cocina. Allí están papá y mamá. El ring de la tostadora, el desayuno ya está casi. Hoy leche, tostadas y fruta que es día de partido.

Me lo termino y sin perder un segundo vuelvo a la habitación a preparar la bolsa de deporte con la equipación completa y las zapatillas nuevas. Volando me quito el pijama y me pongo la ropa. No quiero llegar tarde, es el primer partido de la temporada.

Voy al comedor, ya con todo listo. Allí está mamá, también preparada. - ¡Va papá, que no llegaremos! - Después de cinco minutos que a mí se me han hecho eternos, ya estamos subidos al coche y de camino. Comienzo a recordar los últimos movimientos entrenados, las jugadas, las entradas a canasta y sin darme cuenta ya casi estamos. Ya veo la “Fonteta”, ojalá pudiera jugar algún día con los mayores. Y apenas unos metros más adelante, un gran edificio asoma por detrás del pabellón, L’Alqueria del Basket, hemos llegado.

©Daniel Rueda | ERRE arquitectura

Papá nos deja a mamá y a mí en la plaza de llegada, con el rótulo de la “Cultura del Esfuerzo” en frente, el lema del club pero que he hecho mío. Aquí empieza todo. Es tan nuevo que aún me cuesta acostumbrarme. A la izquierda la cafetería, en la que vemos a los padres de algunos compañeros. Avanzamos hacia la puerta, comienzo a notar ese cosquilleo, hacía mucho que no lo notaba y lo echaba de menos. Una vez dentro me fijo en la vitrina de trofeos que preside el hall, creo que hay uno nuevo, habrá que hacer sitio pronto, casi no caben más. Justo en ese momento sale de la pista principal una de las jugadoras del equipo femenino. Me fijo en que la puerta se ha quedado abierta y aprovecho para acercarme y verlas entrenar, no puedo evitar distraerme mirando “El Mur dels Somnis” con los canteranos que han llegado a debutar con el primer equipo y fantasear con la idea de ver mi nombre algún día allí escrito.

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- ¡Va, que te estarán esperando! - me dice mamá. De repente recuerdo que aún tengo que cambiarme. Miro la pantalla y veo que es un día importante y que al Infantil A le toca jugar en la pista 1, la Víctor Luengo, uno de los dos mitos del club junto a Nacho Rodilla y que dan nombre a las 2 primeras pistas. Me despido de mamá, que me desea suerte, y accedo a las pistas mientras ella sube por la rampa de los espectadores, ya que las pistas son solo para los jugadores.

Voy directo al vestuario, allí ya están algunos de mis compañeros. Mientras me cambio me fijo en el patio, y veo que hace un día fantástico. Poniéndome la segunda zapatilla entra el entrenador, nos da unas últimas indicaciones y nos recuerda que hay que intentar ganar, pero sobre todo hay que jugar en equipo y divertirse. Por último, hacemos el grito de guerra. Un, dos, tres, Valencia, Oe!!! Y salimos.

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Nada más salir, miro a ambos lados y veo que algunos de los partidos de otros equipos ya han empezado: el bote de balón, el sonido de una pelota pegando en el tablero, una bocina sonando en otra pista… los nervios  van en aumento. Oigo la voz de papá, alzo la vista y lo veo llegar por el corredor superior en dirección a mamá, que ya está sentada en las gradas. Al verme ambos me hacen gestos animándome. Primero estiramos y luego ejercicios de calentamiento. El árbitro hace sonar el silbato, es la hora. Todo está listo, las canastas colgadas a su altura, la pista perfectamente iluminada por la transparencia de los muros, el parquet reluciente.

Salgo de titular, voy a disputar el salto inicial, me preparo, miro hacia arriba, me fijo en que puedo ver el sol a través del techo, el árbitro lanza el balón, y…

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