Con los condicionantes urbanos y económicos no hubo margen para preocuparse por una arquitectura determinada, simplemente se resolvió un problema, sigue haciéndolo y nadie echa en falta la arquitectura que no tiene.

Corría el año 60, el Colegio Maravillas, un gran colegio ubicado en el barrio madrileño de Chamartín buscaba ampliar su superficie. El solar buscado para ello era uno anexo con muy pocas posibilidades, por tratarse de una pronunciada ladera de más de 12 metros de desnivel. El trabajo se le encargó al arquitecto Alejandro de la Sota, que lejos de rehuir el problema y  buscar otra ubicación resuelve el proyecto con una absoluta sencillez.

Con una lógica aplastante decide solucionar todo el programa en único prisma que cubre con unas grandes cerchas funiculares, protagonistas del proyecto. Sobre ellas, las pistas. Entre ellas, las aulas. Y por debajo, el gimnasio. El conjunto hermosísimo.

Esta sección lo determina todo: usos, estructura, iluminación y ventilación. Siendo coherente desde el planteamiento hasta sus detalles, todos ellos adaptados a las necesidades. Incluso los modestos materiales utilizados: acero, madera y paneles fonoabsorbentes, dispuestos de la manera apropiada consiguen un efecto magnífico.

En el momento de su construcción representó una auténtica ruptura. Ya que predominaba el sentido arquitectónico en sí mismo, que un tan marcado funcionalismo. Años atrás el propio de la Sota comentaba que con los condicionantes urbanos y económicos no hubo margen para preocuparse por una arquitectura determinada, simplemente se resolvió un problema, sigue haciéndolo y nadie echa en falta la arquitectura que no tiene. Una muestra de que el ingenio humano no necesita de grandilocuencia formal ni exceso de recursos para generar soluciones efectivas y bellas.

Pero hoy en día nadie duda que se trata de Arquitectura, con mayúsculas. Un ejemplo de rabiosa y bien entendida modernidad. Un edificio bellísimo, de un impresionante laconismo, tanto es así que a los profanos en la materia les pase inadvertido y les cueste entender la belleza allí contenida. Cualidad que llama la atención para la que algunas han considerado “obra más significativa de la arquitectura contemporánea española”. En definitiva, a veces no hacer Arquitectura es un camino para hacerla.

Por suerte, recientemente ha sido protegido al ser declarado Bien de Interés Cultural. Evitando de esta forma que pueda correr el mismo riesgo que la desaparecida casa Guzmán del propio de la Sota. Un proyecto estudiado y reconocido internacionalmente, clave para entender algunos conceptos de las viviendas actuales como la unión exterior interior. Una vivienda que hacía más bandera del buen vivir de sus habitantes que de una rentable ocupación del terreno y esa fue su perdición. Un auténtico despropósito.

A nadie le resulta difícil entender que un edificio con tres o cuatros siglos de antigüedad en patrimonio histórico, pero resulta más complejo para un inmueble reciente, demasiado joven para ser viejo.

Debemos comprender que el patrimonio no se hace por antigüedad, sino por lo que aporta a la sociedad. Y su capacidad propositiva para ofrecer soluciones, abrir caminos y mejorar su disciplina es la que debería protegerla. Y solo el tiempo es capaz de juzgar esa aportación, efectivamente, se necesita tiempo. Pero también llegar a tiempo.