Este mundial, como tantos otros, pasará a tejer las historias que contaremos mañana. Así que, tal vez, no sea tan mala idea dejarse contagiar por la ilusión de los que no han sufrido tantos desengaños.

Una buena forma de saber que ya no eres tan joven es si recuerdas más torneos de la selección acabando en derrota que en triunfo. Si sabes qué es la “maldición de los cuartos” o si tienes claro que aquel centro de Joaquín en 2002 levantó la cal.

Tratamos con condescendencia a esa generación que ha crecido entre vino y rosas, y que tiene como primer recuerdo mundialístico a Casillas levantando la copa de campeones. Seguimos hablándoles con la autoridad de tantos fracasos, tratando de convencerles de que los últimos traspiés son la tónica habitual de nuestra selección en las grandes citas. Pero en el fondo, envidiamos el brillo en sus ojos: la absoluta certeza de que todo irá bien, la entrega sin medidas del primer amor hacia una cita futbolística.

En mi caso, el primer mundial que recuerdo es el de Francia ’98. La selección acudía con Javier Clemente al mando y comenzó el torneo con un gol de Zubizarreta en propia puerta. España no consiguió superar una fase de grupos en la que partía de favorita y se fue a casa sin apenas deshacer las maletas. Más que un primer amor, aquel mundial fue algo parecido a una speed date.

El Cosmos Arena en construcción   |  ©Samorok por CC

Pero no es el paso de nuestra selección lo único que nos marca. Cada 4 años, una serie de imágenes se quedan para siempre grabados en el imaginario colectivo. En Corea y Japón 2002, “camachos” aparte, descubrimos el estadio Internacional de Yokohama, un estadio multifuncional donde se disputó la final en la que Ronaldo – con aquella criminal mezcla de rapado y flequillo - demostró que su lesión de rodilla era cosa del pasado.

Del mundial de Alemania 2006, no solo nos acordaremos del cabezazo de Zidane a Materazzi (por lo visto uno aprende con los años a despedirse con elegancia); también del partido inaugural, disputado en el Allianz Arena de Herzog y De Meuron. De entre todos los nuevos estadios que se resumen en una piel futurista envolviendo una estructura de hormigón, sin duda el del estudio suizo es el más puro, el que cuenta más con menos. De Sudáfrica 2010 pocas son las cosas que no recordaremos; justo al contrario que en Brasil hace 4 años, donde fuimos a defender el título y a los dos partidos ya estábamos de vacaciones.

El mundial de Rusia puede que se recuerde por ser el primero de la historia en el que no participa Italia, o por su balón oficial: un rediseño del mítico Telstar, de hexágonos negros sobre el cuero blanco. O quizá por los numerosos estadios que han sido construidos para este acontecimiento. Diseñados la mayoría con una gran tecnología pero desconectados de la identidad y tradición de un país al que deberían representar. Tan solo el Cosmos Arena, en Samara, trata de mostrar algo de la cultura rusa, inspirándose para su diseño en la tradición aeroespacial de la ciudad.

Estadio Olímpico Luzhnikí | ©Zeinel Cebeci por CC

Al final, este mundial pasará a tejer las historias que contaremos mañana. Así que, tal vez, no sea tan mala idea dejarse contagiar por la ilusión de los que no han sufrido tantos desengaños. Esa generación que un día nos sorprenderá recordando aquel último mundial de Iniesta en Rusia, describiendo la final en el Estadio Olímpico Luzhnikí, en Moscú, y reviviendo – ojalá –  un gol que nos hizo campeones.

Si Frédéric Beigbeder está en lo cierto y el amor dura tres años, estamos de suerte: el cuarto año es año de mundial.