Un oasis en el desierto

Abu dabi. De la sombra rayada de las hojas de palmera a la noche estrellada de Jean Nouvel.

ABU DABI, Emiratos Árabes Unidos — Es el año 1950, un pescador regresa de faenar con la captura del día al destartalado puerto de la ciudad pesquera de Abu Dabi.  A lo lejos, se distinguen las primeras casas, de los más pobres, pequeñas y recubiertas de hojas de palma. Aún desconoce que bajo toda extensión de desierto se encuentran el 9% de las reservas mundiales de petróleo y el 5% de las de gas. Hoy, años después, Abu Dabi es uno de los centros financieros más importantes del mundo, con casi un millón de habitantes, y donde el pescador de nuestra historia no pudo ver más que dunas, hoy se alzan decenas de rascacielos,  campos de golf en mitad del desierto, así como proyectos y hoteles faraónicos en cada esquina.

Quizá el más fastuoso, por lo menos mientras escribo estas líneas, es el de la isla de Saadiyat, una gran ciudad de la cultura con la que el gobierno pretende incentivar el turismo y que albergará sedes del Museo del Louvre y el Guggenheim, firmados por Jean Nouvel y Frank O. Gehry respectivamente.  Además de otros grandes proyectos encargados a Norman Foster o Zaha Hadid. Un nuevo intento de darse la mano entre Oriente y Occidente a orillas de los ríos de oro negro.

Hoy vamos a centrarnos en el Louvre de Abu Dabi, el primero de todos ellos en terminarse. El pasado 11 de Noviembre, bajo la atenta mirada de muchos de los líderes mundiales, abrió sus puertas el autoproclamado “primer museo universal del mundo árabe” según reza su eslogan. En la ceremonia de inauguración orador tras orador agotaron los superlativos: “el proyecto más ambicioso del siglo XXI”, “un día histórico”, “será recordado durante generaciones”… El propio Emmanuel Macron dijo: “la belleza salvará al mundo”, citando al escritor ruso Fiodor Dostoievski.

El museo surge de un acuerdo gubernamental entre Francia y la monarquía de EAU, en el que arriendan durante 30 años la marca Louvre, así como parte de sus obras y orientación por una cantidad próxima a los 1.000 millones de euros. Es un museo que tiene tanto que ver con asuntos diplomáticos y globales como con la evolución de la propia cultura. Una estrategia cultural para hacer frente a las tensiones de la zona. En cierta manera, podría hacerse un paralelismo con los Medici, que consolidó su imagen y poder desde Florencia, a través del mecenazgo del arte.

Además de las obras cedidas por el Louvre, el museo ha empezado a realizar algunas adquisiciones importantes apostando fuerte por este proyecto, como The Gypsy de Manet o la composición de Mondrian con azul, rojo, amarillo y negro a la colección Yves Saint Laurent.

El arquitecto elegido para llevar a cabo tan importante encargo fue el arquitecto francés Jean Nouvel, que ya había tenido alguna incursión anterior en la cultura de Medio Oriente y había demostrado la sensibilidad necesaria. El edificio del Instituto del Mundo Árabe en París fue la obra que le catapultó a la fama.

Hace ya una década, Nouvel trazó un domo con relieve sobre un papel. Hoy esa enorme cúpula se eleva sobre la arena del desierto y el golfo Pérsico, convirtiéndose en el símbolo del edificio, presente en folletos y bolsas. Un nuevo icono dentro de un mundo de autopistas y rascacielos, como un espejismo más del desierto, en mitad de un no-lugar.

El principio es que siga siendo un museo que pertenezca a la geografía, la cultura y la identidad del país.

Jean Nouvel

 

Ante estas palabras es imposible no preguntarse ¿a qué país se refiere? Ya que desde hace meses que son muchos los aviones que trasladan las obras de arte desde París a Abu Dabi. Y entre todos los distinguidos pasajeros destacan un autorretrato de Van Gogh, La estación Saint-Lazare de Monet o incluso el mismísimo Napoleón, en el retrato de Jacques-Louis David en el que se ve al emperador cruzando los Alpes a lomos de un caballo blanco.

Por otro lado, habrá gente que esto le resulte paradójico porque fue Napoleón el que después de su campaña por Egipto se llevó muchas de las piezas que terminaron en la colección del Louvre y que ahora están haciendo el viaje de vuelta. ¿El intercambio de piezas no ha sido siempre el que ha reinado en los museos?

Tomando un enfoque contextual, la idea que Nouvel ha perseguido es la de crear una “ciudad-museo” en el mar, a través de una mezcla entre la tradición y cultura de Emiratos y las técnicas constructivas modernas. Se combinan el color blanco, las formas geométricas árabes y la estrechez de las calles de la medina, todo ello bajo la sombra difusa de un oasis de palmeras representada por la gran cúpula de 180 metros de diámetro y 7.850 huecos con forma de estrella creando un efecto de “lluvia de luz”.

Por debajo de este elemento icónico se levantan 55 volúmenes blancos que contienen las exposiciones y están unidos a través de galerías que bañan las aguas del golfo Pérsico. La posibilidad de acceder en barco o a pie desde la orilla es extraordinaria.

En una ciudad donde el vehículo tiene prioridad sobre el peatón, se anima al visitante a deambular por los espacios. La cúpula crea un “microclima” propio que invierte los papeles. Un lugar tranquilo y complejo al mismo tiempo. 

Sus piezas “estrella” ya lucen en sus salas. Los visitantes realizan un doble viaje, cronológico y temático, que arranca en el 6500 a.C. y termina hoy mismo, pasando por los primeros pueblos o la cosmografía. De este modo, las obras creadas a miles de kilómetros se juntan. Así, un vitral del siglo XIII se combina con un Buda nepalí y con el Shiva de Tamil Nadu de Camberra. Todo este recorrido va acompañado de una museografía que no ha escatimado en costes, llegando a hacerse un tanto kitsh por momentos.

A pesar de que ya es una realidad. Han sido muchas las voces críticas con este acuerdo, por considerar que se corre el riesgo de que las obras sufran algún daño o debate que genera el ceder parte de los tesoros nacionales a cambio de petrodólares. Por el momento todos los flashes se los ha llevado la cubierta, pero ésta no debe ocultar que nos encontramos en un país en el que la libertad de expresión aún no es completa.

Hoy, el rictus de extrañeza de Van Gogh parece acentuarse, tal vez esté haciéndose  la pregunta del gran viajero Bruce Chatwin  — ¿Qué hago yo aquí? — y yo me hago otra ¿tiene sentido una pintura de Mondrian lejos de su contexto occidental?

Así, nuestro pescador se vuelve a faenar.

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1 Comment

  1. Alberto

    Un artículo muy interesante.
    Fascinante la cúpula y como Nouvel ha conseguido ese efecto de “Lluvia de luz”.

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